7 de noviembre de 2009, 06:11 AM
Douglas Hamilton era un alto corresponsal en Francia cuando fue enviado a BerlÃn Oriental en noviembre de 1989 a trabajar. Actualmente es corresponsal en Israel y los territorios palestinos
Por Douglas Hamilton
JERUSALEN (Reuters) - Todo el mundo lo habÃa deseado pero nadie lo esperaba, y cuando ocurrió pocos podÃan creerlo.
En noviembre de 1989, Alemania Oriental se habÃa asombrado a sà misma y al mundo permitiendo sorpresivamente que sus habitantes crucen el Muro hacia la zona occidental.
La noche del 9 de noviembre fue una gran sorpresa, luego una gran alegrÃa. El clima era electrizante, más tarde extático, y después algo más.
El acontecimiento se convirtió en uno de esos momentos únicos que sólo puedo calificar como reconocimiento humano mutuo, cuando totales desconocidos podÃan abrazarse entre sÃ, en medio de caóticas y delirantes multitudes.
Era imposible resistir la euforia y seguir frÃamente en el papel del reportero objetivo. La sensación inicial de completa incredulidad, seguida por la materialización súbita triunfante de la esperanza, era demasiado poderosa. Todo el mundo estaba conmovido.
Esa noche los habitantes de BerlÃn Oriental llegaron a sus casas intoxicados, aunque no habÃan estado bebiendo. Muchos sostenÃan racimos de bananas, y recuerdo que me dijeron que la fruta era inusual y cara en el este. Probablemente haya sido todo lo que pudieron llegar a conseguir en BerlÃn Occidental.
No fue hasta más tarde que me di cuenta de que las preciadas bananas eran un tótem de recuerdo, en caso de que todo resultara ser un sueño.
Un guardia fronterizo en el puesto de control Charlie, que ya lucÃa un poco menos intimidante, estaba seguro de que todo se trataba de "algún error".
Un taxista en un antiguo Volga de fabricación soviética que me condujo hasta el oeste no dejaba de decir: "No puedo creer que realmente estoy haciendo esto".
En la parte occidental la gente bordeaba las calles de a decenas vivando y gritando "¡Los has logrado, los has logrado!", mientras los berlineses del este entraban en tropel.
LA OTRA VERSION
Durante una generación, a los habitantes de Alemania Oriental les habÃan asegurado que Occidente era un pozo maligno de codicia y miseria.
Pero la realidad lucÃa diferente.
"Pensar cuán duro hemos trabajado todos estos años y cómo las cosas no estaban tan mal", dijo una mujer de BerlÃn Oriental. "Quedé consternada al ver que el capitalismo estaba tan adelantado", agregó.
En retrospectiva, no resulta difÃcil identificar las fuerzas que motivaron la decisión de abrir el Muro de BerlÃn. Pero esa noche fue un misterio maravilloso, como si los corazones de las comunistas se hubieran unido inexplicablemente con el resto de la raza humana para hacer algo que tenÃa sentido.
Estar allà era emocionante, te elevaba y daba una sensación de humildad. Era imposible concebir las consecuencias de una vez. Tomó un dÃa, tal vez más, para caer en la cuenta de que todo un nuevo futuro se habÃa abierto, no sólo para Alemania sino para Europa y más allá.
La magia no duró tanto, por supuesto, la empatÃa masiva no puede continuar indefinidamente. Unas semanas más tarde me tocó cubrir la caÃda del comunismo en Checoslovaquia en una exultante y nevada Praga, y posteriormente la revolución en Rumania, donde la alegrÃa ante el derrocamiento de Nicolae Ceausescu estuvo manchada por oscuras venganzas.
Pero la caÃda del Muro y el final de la división de Alemania fue la catarsis más maravillosa que he atestiguado jamás.
Ahora trabajo en Jerusalén, en otro lugar marcado por murallas y fortificaciones, por la profunda desconfianza y un muro amenazador aún más alto que el de BerlÃn. Nadie espera que caiga a la brevedad. Pero espero que no permanezca en pie durante 28 años.
(Editado en español por Marion Giraldo)
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